Pero en Mesoamérica ya se hablaba de Tamales entre los años 8.000 y 5.000 a.C., tal vez como un derivado de la culinaria indígena mexicana o guatemalteca, espacios culturales de los pueblos tolteca y olmeca, luego de aztecas y mayas.

El Tamal es considerado por algunos de ellos como alimento sagrado, propio de dioses, en un contexto donde los seres humanos se creían hechos de maíz. De allí que este alimento era parte de largos viajes, guerras, ofrendas ceremoniales y festivales. Otros precisan que cuando se conoce de los Tamales con exactitud es a partir del año 100 d.C. De la lengua náhuatl “tamalli”, se deriva el significado “envuelto” para referirse a un alimento tradicional elaborado con masa de maíz mezclada con almidón.

En estos tiempos se le considera como un manjar de sabores originado en El Salvador, aunque muy popular en la cercana Honduras. Los Tamales son el resultado de combinar la masa de maíz sazonada, mezclada con frijoles (pisques) refritos, rellenos con pollo (gallinas indias), queso, frutas o vegetales. En general, en su preparado no pueden faltar la hierba buena, el perejil, maíz (elote), papa, loroco (flor aromática de capullo), tomate, cebolla, apio, relajo (especies), aceite (o manteca de cerdo), consomé de gallina, ajo, chipilín, chiles verdes, achiote, sal, huevos duros, queso mantequilla (ambos opcionales) y hojas tiernas de plátano (banano) sin cortaduras. Luego se construyen formas tipo bollo que son envueltas en hojas de plátano, se procede a pasarlas por vapor, retiramos la envoltura (vale usarla como plato)… ¡y zuapatá!

La versatilidad de los Tamales los hacen adecuados para degustar en cualquiera de las comidas del día a día. No faltan en comercios ni hogares las variedades impuestas por gustos y hasta modas particulares. Vamos a comer Tamales para saborear algo bueno, agradable y exquisito.